
La llegada del día de la fiesta de la Pastora en aquellos años sesenta del pasado siglo, nos llenaba de alegría especialmente a los rapacines. Todo cuanto allí acontecía esos dos días, era tan interesante para nosotros que quedaría grabado en nuestra memoria para siempre.
Al igual que en cualquier otra zona rural en aquella época, la única música que escuchábamos en lo cotidiano, era las cencerras de las ovejas y excepcionalmente, los canturridos poco recomendables y menos acompasados de algún hojalatero arreglando pucheros a la sombra de algún hórreo por la plaza de la varga.
Sería por esa carencia musical o no, que esos dos días poníamos los cinco sentidos escuchando embelesados a la orquesta, memorizando música y letra de al menos tres o cuatro canciones que la orquesta repetía otras tantas veces entre el baile de tarde y el de la noche. Con este repertorio, que cantábamos unos y silbábamos otros, teníamos para todo el año, hasta el próximo por la misma fecha que aprenderíamos otro buen número de ellas.
La caseta de tiro llegaba transportada por caballerías, y estaba regentada en la mayoría de los casos por gentes a las que los guajes teníamos cierto respeto, seguramente por su aspecto y también por saber que no eran de fiar para nuestros mayores, lo que despertaba en nosotros cierta sospecha que, lejos de alejarnos de ellos, hacía que estuviésemos siempre merodeando por allí. Al Gamonal subía con ella un matrimonio con dos o tres hijos pequeños. La mujer, que llevaba los ojos fuera como los sapos cuando les pisábamos la barriga, soltaba unos tacos que a nosotros nos llamaba mucho la atención, pues no era frecuente, al menos allí, que una mujer hablase de aquella manera. Así que otro motivo para estar fisgando por los alrededores.
Si tenías menos de una peseta para gastar, nos cobraban el perdigón a un real. Si teníamos la peseta entera y la gastábamos de una vez, nos daban cinco perdigones. Había que apuntar al palillo clavado en una barra de hierro en el que sujetaban los trofeos del tipo: chikles bazoka, algún muñeco, chuchearías varias, cigarros de bisonte sin filtro —entonces no había filtros— etc. Para llevarte alguno de esos “trofeos” tenías que romper el palillo y que éste cayese de la barra donde estaba clavado. Ello nos permitía presumir, fardar, decíamos entonces, de buena puntería ante el resto de la pandilla.
De cuando teníamos 10-11 años, recuerdo una tarde cuando alguno de entre nosotros, disparó con una escopeta de perdigón de la caseta en dirección al caballo de la caseta que pastaba en lo bajero del Gamonal. Le fue a dar en su parte más sensible y comenzó a saltar de manera descontrolada mientras relinchaba repetidamente, lo que no pasó desapercibido para la gente que estaba por allí. Los únicos que no se enteraron de lo ocurrido –menos mal - fueron la ojazos y su marido, metidos, una en la caseta con la prole y el otro atendiendo el puesto, pero nosotros esto no esperamos a comprobarlo, saliendo todos en estampida para escondernos cada uno donde mejor le pareció.
El puesto de chucherías llegaba de la mano de una conocida mujer, que subía desde Boñar a la mayoría de las fiestas de nuestros pueblos. Lo hacía con una pequeña mesa repleta de golosinas, petardos, globos y otros artilugios de feria, que alumbraba con un miserable candil de carburo.
Alguna fechoría padeció esta buena mujer a nuestra manos cuándo, aprovechando la escasa iluminación de la era, la chavalería le atábamos una cuerda a una pata de la mesa para, desde la distancia al otro lado del baile, tirar de ella, cayendo ésta al suelo y con ella todo lo que había encima, candil incluido, que a nosotros entonces bendita falta nos hacía, pues veíamos igual de noche que de día, para, a continuación, llenar los bolsos con lo que cayese y huir como el tío de los mixtos.
Mientras corríamos en dirección bien determinada, y sorprendíamos en la huida a alguna pareja recostada por los oscuros ribones de las eras, la oíamos gritar: ¡Me cagüen los guajes! ¡llamar a los guardias cojona! ¡ me cagüen la leche que mamasteis! …. a la vez que atropaba todo lo que había por el suelo para montar de nuevo el tenderete, de manera que al rato volvía de nuevo la calma.
Entre bailes y carreras acabaría el
día grande de
Mozos, mozas y chavalería, recorrerían detrás de un par de músicos casa por casa para, a los sones del “España cañi”, pimplar una copa de mistela, lo que hacía que más de uno, después de varias casas visitadas, quedase en las peores condiciones para continuar disfrutando de este último día de fiesta en la eras del Gamonal.
Si el Gamonal hablara, nos podría contar muchas historias de la fiesta de aquellos años lejanos; de pasodobles con acordeón, de la orquesta “Los ojos bonitos” , de “Los beleros” o de la “Lauro y Candido”, por nombrar alguna. También de corros de aluches cuando los mozos combatían contra los de los de los pueblos vecinos por conseguir como trofeo un mazapán o un gallo. De la mañana siguiente, cuando los rapaces íbamos a buscar a la pradera entre los residuos de la verbena, monedas y alguna chuchería que había quedado olvidada, siempre caía algo, a la vez observábamos como volvía a casa por el camino de encima de la vega, el perro del tío X que había estado huido estos días Dios sabe dónde, asustado por el estruendo de los cohetes de los que nosotros solíamos buscar sus varillas como si de un tesoro se tratara.
Pero si el Gamonal hablara no contaría solo
historias de aquellos años ya lejanos cuando Lodares estaba vivo, también lo
haría de la actualidad, de la fiesta que
Hasta la Pastora 2008.